26 jun. 2008

Información no es conocimiento

(Estoy preocupado: temo que sea irremediable que una revista de análisis acabe alejándose de la sociedad que retrata. Buscando textos para Bostezo, me doy cuenta que la mayoría de propuestas están dirigidas a una minoría. La clave es cómo combinar pensamiento elevado (sin que suene solemne y pedante) con lenguaje sencillo (sin que suene vulgar y chabacano). Ni enredar lo sencillo ni simplificar lo complicado. Está jodido. Está claro que -en trepidantes tiempos del homo videns- la cultura escrita acabará –si no ha acabado ya- dirigida a unos cuantos que dispongan de los referentes y la capacidad intelectual, emotiva y receptiva -además del tiempo necesario- para leer los textos y poder entenderlos. Explico aquí algo tan sesudo y enrevesado como “la información no es conocimiento” al modo sencillote)

Mi compañera de pupitre en 8 de E.G.B. se enamoró de mí por mi facilidad para memorizar las capitales de todos los países del mundo (debo de reconocer que posteriormente se me complicó un poquito la tarea de enamorar a las mujeres). Podía sentir la brillantina de sus ojitos –tan excitantes como excitados- mientras yo contestaba de carrerilla a las preguntas de la maestra de geografía e historia, que me sacaba a la pizarra para utilizarme de ejemplo al resto de la clase (sí, yo era un empollón, al menos en lo que respecta a capitales del mundo).

- ¿Capital de Nepal?
- Katmandú
- ¿Capital de Mauritania?
- Nuakchott
- ¿Capital de Sudán?
- Jartum
- ¿Capital de Guinea?
- ¿Ecuatorial, Bissau o Conakry?
- (…) (oooooooooh)

Luego regresaba a mi pupitre y ella, en señal de admiración, acariciaba mi pantorrilla con su dulce manita, un gesto de osada seducción que provocaba mi aturdimiento: me sentía totalmente incapacitado para responderle más que con una cara de panfilote con acné y el vergonzoso sudor de mis axilas. (Sí, lo reconozco: mi compañera de pupitre fue -junto a un poster de Samantha Fox- la protagonista de mis primeros actos onanistas, comúnmente conocidos como pajas).
Siempre que podía, ella se mostraba orgullosa de mi innata capacidad. Recuerdo un cumpleaños suyo donde, en presencia de su familia, me hizo recitar de memoria varias capitales. Su madre sacó un Atlas que tenía en la estantería del comedor (donde solían estar los Atlas antes de que naciera la Nintendo) y se puso a preguntarme por capitales. Las acerté todas, lo cual provocó un aplauso generalizado y el morboso guiño de mi compañera de pupitre.
Preso de una infrautilizada catarata hormonal, quise que aquella información –aparentemente inútil- que retenía mi cerebro me sirviese para conseguir las atenciones sexuales –aunque fuese un besito en los morros- de mi compañera de pupitre. Con ese objetivo fui al viaje de fin de curso a Andorra. Compartimos asiento en el autobús, donde ella se entretuvo preguntándome por las capitales de Centroeuropa. Mi compa no era muy ducha en geografía, así que su lista de países –como Hungría, Rumania o Polonia- me resultaron una bicoca. Incomprensiblemente aquella habilidad le fascinaba; mientras yo contestaba, notaba sus pezoncitos in crescendo en su virginal blusa de helénicas reminiscencias. Era el mes de junio y el calor humedo calaba en mis testículos adolescentes. Varias veces estuve a punto de aproximar mi temblorosa boca a sus labios, pero me lo impidió una vergüenza ancestral de niñato abrumado por invisibles acontecimientos.
De aquel viaje recuerdo un momento patético, del que ahora puedo descojonarme y compartirlo con vosotros. En una discoteca andorrana, con la música a tope y luces cegadoras, ella me retó a una competición de capitales con un maromo de otro colegio (creo recordar que santanderino) que se había aproximado al grupo de mis compañeras de clase.
- “Mi amigo seguro que se sabe más capitales que tú”, le dijo gritándole a la oreja mientras yo ponía cara de corderito. El tiparraco sonrió con cara de vacilón (le hubiese partido los dientes)

Ella le preguntó por algunas capitales y él mostró una franca ignorancia sobre el tema. Apenas pudo contestar a las que todos sabíamos: Portugal, Francia, Gran Bretaña y poco más. Pero aquel triunfo, más que como un ganador me hizo sentir como un estúpido. Media hora más tarde, mi compañera de pupitre se estaba enrollando con aquel tipo en uno de los pilares que sujetaban el techo de la discoteca (en aquel momento no me hubiese importado que se me hubiese caído encima). Estaba claro que él no disponía de toda la información que yo tenía sobre capitales, pero había sabido hacer uso de sus limitados conocimientos para conseguir el fruto deseado (perdón por lo de fruto)
Información no es conocimiento. No sé si me explico.

2 comentarios:

Annita Alexándrova dijo...

Dear Walter

Una vieja profesora me explicó, con pocas palabras, el concepto de conocimiento tan de moda en mi profesión, los artículos, libros y clases sobre esta materia no hacían más que exasperarme por su pedantería y tengo que reconocerlo, me parecían oportunistas ignorantes que lo complicaban todo, no sé si para cobrar o para salir del paso o ambas cosas a la vez.

El dato es neutro, se encuentra en el texto de los documentos. Cuando el dato sale del documento, se transporta, se difunde, es percibido y entendido, es cuando se convierte en información. Sucesivas informaciones, comprendidas y valoradas, producen conocimiento. Y cuando a ese conocimiento se le añade un juicio de valor, de crítica, de enjuiciamiento, se convierte en opinión.

A.

walterbuscarini dijo...

Gracias Annita por tus siempre atildados testimonios sobre cuestiones que nos preocupan y nos conmueven... sigue ahí, cerquita