3 mar. 2008

No estamos en venta

Vamos a ver,… la idea es hacer una revista sabiendo quienes somos y de dónde partimos. Me he apuntado a un curso para tratar temas totalmente ajenos al mundo de las letras: mercadotecnia, viabilidad, estrategias, comercialización, competencia. He salido de allí con ganas de tirar todo por la borda. No me seduce la idea de hacer una revista en la que todas estas cuestiones condicionen el entusiasmo con el que iniciamos el proyecto. Lo importante es hacer una revista de la que nos sintamos orgullosos y lo demás ya vendrá si tiene que venir. Emplear el esfuerzo –y el dinero- en hacer el producto editorial que alguna vez soñamos a condición que no se convierta en nuestra pesadilla realizada. Nuestra sociedad ha llegado a un punto de decadencia donde lo importante no es lo que seas sino cómo lo muestras. Y hemos aceptado ese mundo de apariencias como la máscara con la que nos mostramos ante los demás. La verdad es que me provoca un malestar apocalíptico abandonar mi esencia para conseguir alcanzar ninguna cima, con lo bien que me lo paso tirado en cualquier cuneta. Uno es como es y, sinceramente, está muy satisfecho por serlo.
Esta mañana, casualidades, me topé con una antigua ex novia (no todas las ex novias son antiguas, algunas se reciclan). Lo curioso es que me la encontré posando para una fotografía colectiva en las escaleras del IVAM. Estaba de visita en el museo con su grupo de una escuela de publicidad donde imparte clases. Me hizo gracia verla –después de unos diez años- con cara fotogénica para inmortalizarse en una instantánea. Ella también me vio mientras posaba e hizo un gesto grandilocuente, aunque rápidamente lo disimuló para volver al rictus fotogénico que requería el momento. Esperé con cara de idiota a que acabara la sesión de fotografías (se hicieron ocho con diferentes cámaras). Después actualizamos nuestros archivos (¿Cómo te ha ido? ¿Dónde estabas? ¿Qué estás haciendo?). Hicimos la falsa promesa de quedar un día para tomar algo (ni siquiera nos dimos los teléfonos). La percibí desmejorada, no físicamente sino espiritualmente, como si el hecho de haber aposentado su vida hubiese dejado secuelas en sus entrañas. Hablaba sin brillo en los ojos (el día que perdemos brillo ocular, empezamos a morir irremediablemente). Me hubiese gustado invitarle a darnos un paseo por las estrellas, pero la noté demasiado amarrada al suelo para proponérselo. No sé, a veces creo que este tipo de promesas de un futuro mejor o una existencia acomodada nos conducen irremediablemente a una muerte paulatina y deshonrosa. Y yo para eso no me pongo a editar una revista. Si el éxito es venderse, no estamos en venta.

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