17 feb. 2008

Sobre cócteles

Me gustaría saber fingir con mayor naturalidad. Esto que debiera sonar a oximoron (¿o será pleonasmo?) me vendría bien para soportar con arrojo una de las tareas menos gratificantes de este oficio en el que me he embaucado: la asistencia a cócteles de corte cultural, a los que tengo a bien acudir para la búsqueda de posibles colaboradores para la revista y hacer visible a la misma. Antes los soportaba adoptando una postura cínica-crítica, lo cual no deja de ser una pose apocalíptica para la única función que les otorga algún sentido práctico: en(tre)lazarse con gentes con parecidos (des)propósitos. No me será fácil vivir esa farsa con entusiasmo, mostrarme ante el escaparate cultural disfrazado de una apariencia que disimule debilidades. Tendría que comprarme un manual de saberse vender. Entre otras cuestiones, hace tiempo que las conversaciones colectivas me resultan triviales; le saco más jugo a un interlocutor en un careo. Por otra parte, sólo me interesa platicar con gente desenmascarada –despojada de oropeles- y este mundillo es uno de los más ornamentados que existen. Obligados a tomar posiciones, a trepar hacia una cúspide reservada para unos pocos (y somos muchos los escaladores), en esos ambientes se tiende a disimular carencias y exagerar virtudes.
¿Qué hacer pues? Una opción válida sería emborracharme cada vez que me viera obligado a asistir a alguno de ellos. Pero el alcohol suele sacar mi parte más batracia y sin duda sería un factor negativo para el-qué-dirán de la revista. Claro que, hasta ahora, el único placer que había sacado a los cócteles había sido el de ponerme hasta las chanclas de alcohol y atiborrarme de canapés. En el DF me estudiaba la lista de saraos culturales en una guía de la ciudad y acudía con la única intención de buscar algo de cenar; por suerte, vivía en la colonia Roma, atestada de museos y guettos artísticos. Casi siempre solía coincidir con una joven promesa literaria a la que admiraba por el desparpajo con el que se movía por aquellos andurriales. Mientras yo me dedicaba a lamer los culos de las botellas de champagne, él se ocupaba en lamer otros: aquéllos que aumentarían su estatus en el corral literario. Hace unos meses, acudí a la presentación de su primer poemario en una importante editorial mexicana. Aquella noche, atiborrado de tragos y desazón, con necio rostro en imbécil cara, me contenté con abordarle para solicitarle que autografiara una obra de otro autor e imploré (con voz trémula) a su editor que me publicara una antología de haikus de cuatro versos. Noté sus miradas estupefactas de efímera atención. Acabé vomitando onomatopeyas en los baños de un café al que no he vuelto desde entonces. Aunque lamentable aquello fue divertido. Sin embargo, a partir de ahora deberé de forzar cierta compostura que otorgue una apariencia respetable a la revista (apariencia, apariencia, ¡maldita apariencia!). ¿Se podrá editar una revista ignorando lo superfluo que rodea estos ambientes? No hay duda que en una atmósfera cultural saturada de propuestas, la visibilidad es una de las condiciones sin-las-cuales-no. Y sólo para eso existen los cócteles.

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