26 feb. 2008

Apología del bostezo (Igor Sosa)

(Aunque la elección del nombre de la revista responde a otros criterios, encontramos este artículo de Igor Sosa por la güeb que nos reforzó la idea... aquí os lo presentamos)

A lo largo de toda nuestra cultura occidental, tan dada ella a la elucubración abstracta y la pirueta intelectual intrascendente, tan macerada en disquisiciones y descreída en sus principios, hay un damnificado de primer orden, un olvidado por teólogos y filósofos, por escritores y escultores, por políticos y periodistas: el bostezo. Porque, veamos, con la mano en el pecho: ¿qué sabemos del bostezo? ¿Se ha parado alguna vez usted, lector, a considerar el bostezo en su propia esencia, el bostezo sin adherencias, el bostezo, pues, en estado puro? Ni siquiera la Santa Madre Iglesia que durante tanto tiempo nos ha iluminado en los entresijos más estrambóticos de nuestra existencia parece haber tenido consideración alguna con el bostezo. Durante siglos la Iglesia condenó la risa y persiguió la comedia como prácticas peligrosas, tentadoras de los sentidos y poco proclives a inculcar la «contritio cordis» que de todo buen cristiano se espera. Pero ¿y el bostezo?, ¿algún padre de la Iglesia nos ha dejado algo escrito sobre achaques de bostezos? ¿Alguna página, alguna taxonomía de la «Summa theologica» de Santo Tomás dedicada al bostezo? Nada, absolutamente nada. La existencia ignorada del bostezo se demuestra sin ir más lejos en que ni siquiera los autores con páginas más rocambolescas le dedican un mísero relato. Kafka, que dedicó sabrosas páginas a «El artista del hambre», ¿se paró a escribir siquiera unas líneas al «artista del bostezo»? Es más: cuando «Tip y Coll» ideaban aquel «sketch» glorioso sobre las instrucciones para llenar un vaso de agua, ¿se les ocurrió elaborar también un manual para el bostezo? Y, sin embargo, la taxonomía del bostezo revela tipos variados y manifestaciones multiformes de una práctica que iguala razas, sexos, religiones y clases sociales; práctica, pues, ecuménica y democrática. Existe el bostezo tradicional, con su apertura desmesurada de boca, su exhibición de dientes, muelas, paladar, lengua y, en su caso, úvula, manifestación biológica de cansancio o sencillamente aburrimiento. Por si fuera poco, el bostezo es contumaz, transgresor, juguetón, inquietante y afanado en hacer acto de presencia en aquellos momentos donde su aparición es entendida lisa y llanamente como agravio imperdonable: esa conferencia sobre los beneficios de las aguas termales, ese concierto de música tradicional finlandesa al que nos han invitado, esa conversación con la novia sobre el color de los sofás del futuro hogar común... Y existe el bostezo de nerviosismo, bostezo postizo (postezo se podría llamar), especie de conato bostecil, cuya misión, liberarnos de las tensiones, le hace convertirse en el fondo en sombra de sí mismo... ¿Y qué decir del bostezo reprimido, atenazado? Ese suave vibrar de las aletas de la nariz, ese estirarse para controlar su descabalgamiento, esa boca apretada consiguen metamorfosear el rostro más adusto en una especie de gárgola de catedral gótica. Sinceramente, ¿se merece el bostezo este ninguneo secular?

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